Antisolar (Los ojos bizcos del sol II), de Emilio Bueso. (Gigamesh)

Buenas tardes, mis queridos Lectores Ausentes.

Hoy os traigo la reseña de Antisolar, el segundo volumen de la trilogía Los ojos bizcos del sol, de Emilio Bueso.

Antes de entrar en materia, quiero dejar claro algo que no por obvio, deba dejarse de tener en cuenta: Hablamos de Bueso, autor amado y odiado a partes iguales. Para unos, un puto genio; para otros, un flipado borde y pasado de rosca. Si he de ser honesto, creo que la realidad se acerca mucho más a la primera acepción que a la segunda, aunque siempre me recuerdo que no hay genialidad que no beba de cierta locura y que lo que marca la diferencia, la grandeza, es siempre aquello que se sale de lo normal, , de lo mediocre y para ello puede hacerlo de dos formas: Por una calidad indiscutible, impoluta, aséptica, inmaculada y formal, cuasi divina, pero siempre dentro de unos márgenes prefijados sin lugar a mancharse las manos o a meterse en el fango, limitada  en forma y fondo, sin atreverse a salir de esa zona de confort… O mi favorita desde siempre: Por su atrevimiento sin censura, por rompernos los esquemas, por agarrarnos por los huevos y retorcerlos sin dejar de sonreír. Por conocer y dominar las normas establecidas y usarlas como papel higiénico, por su capacidad para sacarnos de quicio aunque por dentro aplaudamos con las orejas, por romper esquemas y no tener miedo a experimentar, a darle un sello característico e inconfundible y que nosotros, los lectores, como putos yonquis enganchados, queramos más y más de esa mierda tan buena que sabemos que nos delata, que mata, pero que necesitamos por encima de comer y respirar.

Sé con certeza que tan solo con este inicio de reseña, la Horda ha rugido con rabia, alzando antorchas y horcas pidiendo mi cabeza. Me la pela. Entiendo que Bueso no guste a todo el mundo, que haya gente que no conecte con su forma de narrar. Que algunas de las características que le definen como autor vayan en contra de la forma  más clásica y aceptada de entender la literatura. Pero en mi caso, como el lector soy yo y a mi lo único que de verdad me importa es disfrutar, de modo egoísta, buscando únicamente mi propia satisfacción, solo puedo decir que me la trae al pairo la opinión de los demás. ¿Qué no te mola Bueso? ¿Que no lo tragas? Oye, pos fueno, po fale, po m´alegro. Tu te lo pierdes.

Bueso es Bueso. Único e inimitable. Un tipo fiel a su estilo y lo más importante, a si mismo. Con una prosa que siempre anda en un equilibrio imposible, al filo, maravillosa, pulcra e impecable, hasta que te suelta una de esas joyitas suyas, macarradas en estado puro, vulgar, soez y desmadrado. Porque si. Porque quiere. Porque puede. Porque sus personajes tienen la que para mi, es la mayor cualidad que nos define como humanos: Que estamos todos como cencerros y que aunque nos pongamos traje y corbata, vayamos el domingo a misa y colaboremos con una ONG, todos tenemos secretos inconfesables que darían al traste nuestra reputación, por obscenos o perversos. Todos tenemos mierda en las tripas, nos cagamos en dios cuando toca, nos pajeamos cuando nos da un calentón, nos paramos a mirar por puro morbo cuando hay un accidente en la carretera y le partiríamos la boca al de enfrente si nos toca los cojones. Se nos va la olla, mucho, poco o regular, pero se nos va. Y así son sus personajes y su forma de contar historias. De una solidez indiscutible, de una belleza extraña y lírica, de descripciones maravillosas, detalladas y casi cinematográficas, de un tono y ritmo fluido que nos arrastra sin ser conscientes de ello. Y de pronto, sale ese momento All-Bran, ese párrafo WTF?, esa sobrada que se te queda cara de lelo, ese diálogo cargado de intencionalidad y mala folla, el despropósito que define más al personaje de turno que cualquier descripción que nos hubiera podido dar. La vulgaridad, lo barriobajero, lo perverso y degenerado, lo cafre, lo soez, la ida de pinza… Todo como una herramienta más, utilizada con maestría, absolutamente necesaria, imprescindible para que el resto funcione como lo hace y se convierta en lo que es: Una jodida delicia.

En Antisolar, seguimos teniendo a nuestro protagonista principal, el Alguacil, que se nos presenta como alguien con mucho más carisma, con las cosas mucho más claras. Ha crecido, ha evolucionado, ha ganado consistencia y parece decidido a tomar las riendas. Pero a mi parecer, aun así, queda eclipsado por la enormidad de un personaje como Trapo, que no solo es que le haga sombra, sino que cada vez que aparece, se convierte el puto amo de la pista y se lo come con patatas. Y es que Bueso se adueña de este secundario con ínfulas para echar el resto, para desfogarse, para dejarse ir y soltar aquello que quizá, de otro modo, le hubiera sido difícil de hacer en esta historia. Ni Transcrepuscular ni Antisolar serían lo que son sin Trapo. El resto de personajes tampoco serían quienes son sin él. Y ese dueto, esa pareja imposible que forman ambos, Alguacil y el jodido Trapo, son tan dispares, pero encajan tan, tan bien, que lo demás viene rodado.

En ese aspecto, la dualidad que representan tiene varias lecturas. El hacer lo correcto y seguir las normas versus el libre albedrío y dar rienda suelta a tus instintos y bajas pasiones. La simbiosis contra el parasitismo… La lealtad obligada ante el individualismo… Y tantas otras que quizás sean tales o solo pajas mentales mías.

Esa sensación de disparidad, de antítesis, es algo que parece ser una constante en la novela y cuanto más avanza (El primitivismo frente a la tecnología, por ejemplo) y a esperas de ver que sucede en Subsolar, el último volumen de la trilogía, creo mi teoría va cogiendo fuerza.

Pese a que el autor define su obra como un Sword & Planet, lo cierto es que sin dejar de serlo, servidor lo ve como una novela de aventuras, incluso como una suerte de western de fantasía épica en un escenario de pura ciencia ficción desde un enfoque donde la biología especulativa (¿Biopunk?), reemplaza o pugna por imponerse a lo tradicional en el género y lo hace con un par y triunfando como los Chichos. Un viaje iniciático, el camino del héroe, que transcurre en un escenario donde la naturaleza lo es todo, una naturaleza grotesca, inquietante, imposible y maravillosamente aterradora. Hay párrafos donde se describen a ciertas criaturas que resultan tan monstruosas, tan repulsivas y a la vez, tan creíbles de algún modo, que se te ponen los pelos de punta.

Personajes que regresan, otros nuevos que se unen a la troupe y con los que conectamos de inmediato y se ganan nuestra simpatía por su aparente simplicidad o nuestra repulsa y desconfianza sin un motivo claro. Todos ellos, el grupo de fugitivos inicial, han evolucionado, han cambiado a la fuerza, han descubierto quienes son tras desprenderse del rol que se les había asignado sin pedirlo, una vez libres del lastre de lo preconcebido, de condicionamientos adquiridos, a base de bofetadas de realidad. Una realidad que todavía no tenemos clara, porque a cada nuevo paso, a cada nuevo descubrimiento, cuando creemos que hemos llegado a una revelación, Bueso, mamonazo de él, nos mira con suficiencia y se encoge de hombros con una sonrisa burlona.

Porque Antisolar parece darnos respuestas. Pero solo eso, lo parece. Nos desvela varias cosas, desde luego, pero como en toda gran obra, nada es nunca tan sencillo como pueda aparentar. Bueso lo sabe. Nosotros lo sabemos. Y estamos encantados de jugar.

No voy a decir nada más sobre la novela. Como comenté en Facebook hace unos días, estábamos Soraya Murillo y un servidor, hablando de Bueso y Antisolar, y mi sentencia final fue algo más o menos así: «Transcrepuscular me encantó, me pareció cojonuda, pero es que aquí, el cabrón se ha salido de la gráfica´´.

Poco más puedo añadir a eso.

https://tienda.cyberdark.net/antisolar-los-ojos-bizcos-del-sol-2-n250813.html

 

 

 

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