Donde fuiste feliz alguna vez…

«Donde fuiste feliz alguna vez

no debieras volver jamás: el tiempo

habrá hecho sus destrozos, levantado

su muro fronterizo

contra el que la ilusión chocará estupefacta.

El tiempo habrá labrado,

paciente, tu fracaso

mientras faltabas, mientras ibas

ingenuamente por el mundo

conservando como recuerdo

lo que era destrucción subterránea, ruina…»

-Félix Grande-

Y pese a todo, aquí estamos, regresando a las andadas. Como polilla idiota, conocedora de su destino pero aun así, incapaz de evitar lanzarse suicida contra la luz. 

Tres ingresos hospitalarios, intervenciones quirúrgicas fracasadas, infartos de miocardio y secuelas de por vida, todavía pendiente de ver como acaba, y uno se mira al espejo y no se reconoce. Mira perplejo al tipo que tiene enfrente, pues no sabe quién es, ni cuál es su lugar. No queda nada de su vida anterior, de aquel que fue, del camino que iba a recorrer. Se pregunta que hace aquí, por qué sigue vivo y para qué, pues ya no hay metas ni victorias posibles, solo tiempo prestado y camino polvoriento hacía ningún lugar.

Físicamente en ruinas, mentalmente confundido, espiritualmente desahuciado, solo queda aferrarse desesperadamente a los restos del naufragio, a lo poco que uno reconoce como propio, a lo que suena familiar. Apenas unos retazos, pedacitos pequeños y ceniza. Uno intenta recomponerlos, darles forma y aliento, pero son solo una sombra de lo que fueron, un simple recuerdo, un talismán del que negamos desprendernos, pues es todo lo que nos queda de nuestra antigua vida, de nuestro antiguo yo.

Amamos con apremio,con prisa, con agonía posesiva, con egoísmo y con dolor, pues necesitamos ver en quienes nos aman un reflejo que ya solo existe en sus ojos y que se apagará pronto a causa de nuestra propia obsesión.

Necesitamos ser amados, recordados, presentes en sus vidas , porque nos sentimos ajenos a las nuestras propias y con todo, no soportamos la idea de que vean en que nos hemos convertido, de su pena, su lástima, sus lágrimas a escondidas y su propio dolor.

Respiramos hondo, nos avergonzamos por pensar así, pero seguimos dándole vueltas a lo mismo, sintiendo autocompasión y odiándonos por ello.

Y fingimos que todo va bien, que nada ha cambiado, que todo volverá a ser como antes, que solo es cuestión de tiempo y perspectiva, que hay que adaptarse, que poco poco…

Estamos de vuelta. Ya veremos…

Para leer completo esa maravilla que es el dolorosamente acertado poema de Félix Grande, podéis hacerlo AQUÍ:

“Donde fuiste feliz alguna vez…”, de Félix Grande « Editorial Gato Encerrado

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