Escape Claws, de Ángela Yuriko Smith

Por Soraya Murillo.

Es siempre difícil cuando toca reseñar u opinar sobre el texto de un amigo escritor. En cierta forma te hiciste amigo suyo a través de sus obras. Luego fue escribirle para comentarle que lo admirabas y te gustaba lo que habías leído suyo. Con Ángela no debo convenceros de que leí un buen libro. No os muestro una novela, tampoco un relato continuo. Este libro comienza con un prólogo del terapeuta de la autora, indicándonos de qué se trata. Luego seguiremos con el de la propia Ángela Yuriko Smith. En este libro, cada pequeña narración de los hechos va acompañada de poemas relacionados con ellos, mezclando lo real y lo figurado, haciéndonos imaginar lo que fue su propia infancia.

Me gustaría saber si cuando un autor escribe, siente realmente qué está escribiendo. No sé, escribir no es en sí un trabajo. Las historias ya están allí, flotando en un lugar que ellos no pueden ver. Se sientan frente al procesador, sus dedos tocan las teclas y pienso que en ese momento dejan de existir como personas. Las palabras simplemente aparecen cobrando vida propia. La historia es ya independiente de ellos.

Pero este no es el caso. Aquí, nuestra autora viajará de vuelta al pasado. Nos narrará que proviene de una familia okinawense con muchos secretos, donde su tatarabuelo los maldijo. Sería su abuela quien le contaría que las mujeres, por culpa de esa maldición, estaban predestinadas a ver lo que para el resto de los mortales continúa oculto. Exponiendo con una gran lucidez aquello que quedó en los profundos abismos de la soledad de una niña.

¿Qué encubren los entes que la perseguían? No lo sé, cada uno sacará conclusiones de su propia experiencia lectora. Ella extrae lo que la hace sufrir, compartiéndolo con todos para que los que también sufren o sufrieron sepan que no están solos y que hay solución. Es una historia dura, a la vez que aterradora, porque nos la narra una niña que vivió entre gritos y grandes silencios, casi en un total abandono por parte de sus padres, junto a un don que creía tener atormentándola de forma inhumana.

En el inicio del libro deja claro que duda de muchas cosas; ella misma no recuerda dónde empieza lo que en realidad vio de lo que creyó ver, dejando lagunas difíciles de rellenar. Cada casa en la que vivió parece especial, como si esas viviendas atrajeran a su familia o eran ellos las que las hacían diferentes. No debe ser fácil mirar al cielo nocturno desde una habitación donde temes al monstruo que entrará otra noche. Hay que ser muy valiente para buscar las estrellas que brillan, esperando encontrar algo de paz en tus pensamientos.

Escrito con una sensibilidad a flor de piel, como lo sintió nuestra autora, intentando transmitiros el horror y la esperanza. Sin duda lo mejor de todo son los poemas, que llevan el sabor del haiku japonés que sigue brotando de su sangre.

 

Desde el principio

luché por escalar

con los dedos ensangrentados

mientras escarbaban en las rocas

entorpecidos por algo más que el dolor,

buscando a tientas un asidero.

Deseé tener garras para escapar.

Lo logré con tan solo lo que tenía…

 

Personalmente me impactó este verso, que en sí lo dice todo. La gente pone fotografías, momentos de su infancia en los cuales fueron felices; pero hay una realidad: muchísima gente no lo fue y no desearía por nada del mundo volver a vivir aquellos momentos. Aquí tenemos una de esas historias, un escape, una huida hacia una vida mejor. No es fácil, lo sé, por eso admiro este pequeño libro de no más de sesenta páginas. Ella una vez me dijo: Gracias a mi madre supe cómo ser una buena madre… en eso consisten los escapes, en marcharse y no cometer los errores de ellos.

Estoy segura de que gustará su historia, sus poemas y su valentía. Ángela desea que abráis las puertas de par en par, sin miedo. Así cruzó ella al otro lado y allí os espera para que entendáis que debéis vivir otra vida: la vuestra.

Presencias imposibles, sótanos que revientan puertas, pequeños recuerdos pertenecientes a personas fallecidas, casas que parecen vivas y una niña que tenía miedo a gritar.

https://www.amazon.es/Escape-Claws-Angela-Yuriko-Smith/dp/1547255668/ref=asap_bc?ie=UTF8

 

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Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson

 

Por R. G. Wittener

Lo peor de los clubes de lectura es que tienden a sacarte de tu zona de confort, obligándote a leer libros cuya temática, a simple vista, no te resulta nada llamativa; pero la mejor virtud de un club de lectura es que, gracias a esas «lecturas forzosas», acabas descubriendo a autores que podrías no haber conocido jamás. Y en mi caso, la última revelación que debo agradecer a mi club de lectura es Shirley Jackson.

Cuando te topas con un autor que te llama la atención, la reacción obvia es indagar por su obra y su carrera para saber qué otros libros te has perdido hasta ahora. Lo cual me llevó a descubrir a una de esas figuras brillantes cuya estrella se apagó muy pronto: murió antes de cumplir los cincuenta años, medicada a base de anfetaminas y barbitúricos, pero con un gran reconocimiento literario (varias veces incluida en la antología de Mejores Historias Cortas de América, ganó el premio O. Henry, además del Edgar Alan Poe de Misterio, y sus novelas fueron elegidas entre las mejores del año por el Times y el New York Times). De hecho, al pasar del tiempo ha acabado dando nombre a unos premios literarios dedicados al suspense, el terror psicológico y la fantasía oscura. Aparte de que autores como Stephen King, Neil Gaiman o Richard Matheson han reconocido tenerla como influencia en sus inicios. Por desgracia, en lo personal no puede decirse más que sufrió con resignación un matrimonio lleno de infidelidades y controlador, y que su físico le deparó buena parte de los problemas de salud que acabarían por matarla. Algo que podría estar detrás de la intensidad psicológica que, al menos Siempre hemos vivido en el castillo, muestra en sus páginas.

La novela, escrita tres años antes de su fallecimiento, está ubicada en Vermont, en un pueblo ficticio, y esto es interesante porque hay constancia histórica de que Shirley Jackson tuvo problemas para relacionarse con sus vecinos de North Bennington, un pueblecito de… sí, lo habéis adivinado, Vermont. Su narradora y protagonista es Mary Katherine (Merrycat) Blackwood, una joven de dieciocho años que vive recluida en la mansión familiar con su hermana Constance (que ya roza la treintena) y su tío Julian (inválido y en un avanzado estado de senectud). Los tres, y muy en concreto Constance y el tío Julián, sometidos a un régimen de clausura desde que una inesperada tragedia golpease a la familia Blackwood seis años antes. Un evento que acabó por exacerbar resentimientos previos entre los habitantes de la mansión y los vecinos del pueblo.

¿Qué es lo que hace tan interesante la novela? Pues en primer lugar el universo mágico y contradictorio de Mary Katherine, a quien Carol Joyce Oates califica en su análisis de la obra de paranoica y yo me atrevería a decir que bordea la sociopatía. Los monólogos internos, en los que nos hace partícipes de sus comportamientos obsesivos o de sus ensoñaciones fantásticas, están dotados de una lírica muy hermosa y muestran a alguien con una gran sensibilidad; y aún así nos pasamos toda la novela decidiendo si Mary Kate debe gustarnos o es lógico odiarla, porque los personajes que se cuelan en su limitado universo (vecinos, familiares lejanos, curiosos…) demuestran muy pronto estar en la zona gris del espectro moral. De modo que el abierto desprecio que se profesan unos y otros no es sino la prueba palpable de lo enconado que se ha vuelto su conflicto en un «ecosistema social» tan pequeño y cerrado. Pero aún hay algo más: el misterio que rodea a la noche en que la desgracia se cebó con los Blackwood. En una serie de escenas, que llegan a estar cargadas de no poco humor negro, se nos van desvelando detalles sobre lo que ocurrió y qué papel jugó cada uno de los habitantes del «castillo». Una trama que se añade a ese juego de amor/odio que nos plantea Jackson respecto a sus personajes.

En cuanto a la técnica literaria de Jackson, que me disculpen los entendidos si me atrevo a buscarle influjos Kafkianos, pero la historia de ese grupo de personas apartadas del mundo, repudiadas por todos, que viven bajo el recuerdo de un hecho infausto y rodeadas por el variopinto legado de las generaciones Blackwood pasadas, mezcla algo de la condena autoimpuesta y el miedo a salir de su escondite de Gregor Samsa. Si a eso le añadimos que su primera novela, La lotería, plantea un caso de chivo expiatorio que puede recordar a El proceso, no parece tan descabellado apuntar esas similitudes. Por otro lado, tenemos el extraordinario trabajo de crear a un personaje que hace las veces de narrador… desde el punto de vista de alguien que, como ya he dicho, muestra comportamientos paranoicos, trastornos obsesivos y un toque de sociopatía, de modo que los lectores vemos al resto de personajes a través de ese tamiz; amén de ser partícipes de las muchas manías y supersticiones que dominan su vida. Todo lo cual se concreta en un brillante ejercicio literario.

Por todo lo explicado con anterioridad solo puedo acabar este artículo recomendando Siempre hemos vivido en el castillo. A los lectores, porque la obra de Shirley Jackson de seguro les va a sorprender; a los aspirantes a escritores, porque su técnica les va a permitir aprender a crear narradores inusuales y a trabajar los perfiles psicológicos mediante los diálogos. Y ya puestos, pueden empezar a buscar las novelas que han ganado el premio Shirley Jackson durante los últimos diez años y decidir si han conseguido igualar su calidad.

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