– La Fabrica de Relatos – “¿ Verdad, Padre?”, de Athman M. Charles.

   Seguimos actualizando, queridos Lectores Ausentes y para la entrada de hoy, me apetecia compartir con vosotros otra de mis aportaciones a nuestro particular taller/concurso literario. El relato en esta ocasion, debia comenzar con la siguiente frase: “A dios rogando y con el mazo dando” y esto fue todo lo que mi inspiracion dio de si. Espero que os resulte suficientemente turbador, que es de lo que se trata.

¿ Verdad, Padre?

-“A Dios rogando y con el mazo dando”. ¿No se dice así, Padre?-

Dejó caer el pesado saco al suelo, sin miramiento alguno. Tras ello, se arregló la camiseta y tras no recibir respuesta, pateó con saña el saco, del cual salió un gruñido de dolor.

-..Sigue vivo….-y sonrió.

Abrió la puerta de lo que parecía haber sido una granja, posiblemente de cerdos y encendió la luz.
-¿Lo huele, Padre? No es muy agradable que digamos…-

Agarró el saco y lo arrastró hasta el interior.
– ¿Por dónde íbamos, padre? Ah, sí…Le preguntaba si la frase esa resultaría apropiada para esta situación. ¿Usted qué opina?-

Un nuevo gruñido incomprensible.

-Uy, perdone…Había olvidado que no puede usted hablar. Déjeme un momento…-

Apoyó el saco contra una de las paredes y desató la cuerda que lo cerraba.
En ese momento, el saco comenzó a sacudirse violentamente y volcó, quedando tumbado. De su interior asomó primero un rostro amoratado, con un trozo de cinta americana a modo de mordaza y el cabello totalmente alborotado.

Era evidente que a aquel infeliz le habían dado un buen repaso. La ceja izquierda había desaparecido y una costra sanguinolenta ocupaba su lugar. Ambos ojos mostraban señales inequívocas de haber sido brutalmente golpeados, tal y como evidenciaban los moratones que los rodeaban y el derrame interno de uno de ellos, cuyas venas rojizas lo hacían destacar.

El individuo siguió forcejeando con el saco, retorciéndose hasta que tuvo más de medio cuerpo fuera.
Estaba maniatado a la espalda y eso hacía aún más difícil sus movimientos.
Resultaba una escena surrealista. El tipo vestía totalmente de negro, salvo por un detalle: El alzacuello blanco. Algo lógico, teniendo en cuenta que era sacerdote.

-¿Mejor? Verá, Padre…Le preguntaba eso porque nunca he creído en milagros. Es por ello que estoy haciendo esto. Aunque usted se esforzó en mostrarme el camino de la fe, nunca he sido capaz de entender a aquellos que se quedan sentados esperando a que las cosas ocurran por intervención divina. Usted se esforzó en inculcarme, Padre. Y los dos sabemos que se lo tomó muy a pecho, ¿verdad? Pero fíjese. Ni así funciono. Yo soy demasiado mundano y terrenal. Digamos que prefiero ser pragmático.-

El tipo, de unos treinta y pocos años y totalmente calvo, se acerco al sacerdote quien, instintivamente, se encogió asustado para protegerse.

-Tranquilo, Padre. No voy a pegarle. Lo de antes fue un error de cálculo. No pensé que se resistiría tanto cuando planeé esto. Si usted no hubiera intentado escapar, no me habría visto obligado a darle así.-

El calvo revisó las bridas con las que había atado las manos de su prisionero a la espalda y tras comprobar que seguían intactas y realizando su cometido a la perfección, dio la espalda al sacerdote, que no lo perdía de vista.

Dos metros mas allá, agarró un cepillo y se puso a barrer el suelo, apartando el estiércol y la paja a un lado, hasta que encontró lo que buscaba. Una trampilla. Golpeó la chapa de metal con el mango, para hacer saltar el óxido y la porquería que la habían prácticamente sellado e intentó abrirla. Cuando lo hizo, un hedor insoportable le echo para atrás.

-Ufffff… ¡Qué pestazo y qué asco!-Cuando reunió el valor suficiente, se asomó al agujero.

-Bien. Tal y como le iba diciendo, jamás he confiado en que “El Gran Jefe Supremo” haga nada por mí. Bueno, miento. Antes sí. Pero pronto descubrí que nuestro querido y bondadoso Dios nunca aparece cuando lo necesitas.
Y mire que le recé, le pedí y supliqué. De palabra y de corazón. Pero estaría muy ocupado con sus cosas o simplemente le importaba una mierda, porque ni caso, oiga. Usted ya lo sabe, ¿verdad, Padre?-

Los ojos del sacerdote decían que sí. Que sí lo sabía…y reflejaban un miedo atroz.

-En fin. Que uno no puede limitarse a quedarse inmóvil, esperando a que suceda algo, ¿no cree? Uno puede rezar, si cree que va a servir de algo, pero si realmente espera resolver sus problemas, lo mejor que puede hacer es tomar la iniciativa e intentar solucionarlo por sus propios medios.

Verá…Cuando se descubrió el pastel en el colegio, éramos pocos los que creímos que el destaparlo llevara a nada. Unos cuantos, la mayoría, creían en cambio que sí. Que a raíz del escándalo y las incontables denuncias, por fin alguien haría algo.

Veintidós alumnos, padre. Veintidós denuncias por abuso sexual. Joder, he conocido puteros de toda la vida que no han follado tanto, Padre.

Algunos de nosotros estábamos convencidos de que la ley por fin les daría su merecido a usted y los suyos. Que acabarían encerrados, pudriéndose en la cárcel. Justicia Divina, si me permite la expresión.
Pero estabamos equivocados, Padre. La fiscalía archivó el caso y a ustedes, la Santa Madre Iglesia se limitó a amonestarlos y a cambiarlos de comunidad. Dios tampoco trabajó ese día.-

El calvo se acercó de nuevo al sacerdote, que temblaba de puro terror. Gruñía y forcejeaba, intentando apartarse de su captor.

-Ya lo ve, padre. Dios no responde a nuestras llamadas. Dios no hizo acto de presencia ni oyó nuestros ruegos. Así que llegué a una conclusión: Si había que hacer algo, deberíamos hacerlo nosotros mismos. Y aquí nos encontramos, padre. Solos usted y yo. Por lo visto, a dios no le gusta hacer el trabajo sucio. Pero da igual, Padre. Ya le dije que soy un tipo mundano y terrenal, acostumbrado a hacer las cosas yo mismo.-

El sacerdote se retorcía en el suelo, intentando escapar de cualquier modo, pero era imposible. Vio con horror como el calvo le agarraba por las solapas y le obligaba a levantarse. Casi enloquece, presa del pánico, cuando su captor estiró el saco hacia arriba, encerrándolo de nuevo con él.

Se revolvió en un intento desesperado, pero fue inútil. El calvo acabó de introducirlo a la fuerza dentro y volvió a atar el saco sin mayor problema.

El sacerdote gruñía y pataleaba en el interior, mientras el calvo arrastraba el saco hacia el agujero. Llegó al borde y se detuvo. Empujó el saco un poco más y este quedo inclinado, a punto de precipitarse en su interior.

-Es usted un mierda, Padre. Me jodió la vida. Nos la jodieron a todos. Pero ahora voy a joderle yo. He encontrado un sitio perfecto para usted. Esto es el registro de la fosa séptica de la granja. Aquí se almacenan los purines…Mierda líquida, Padre….No creo que resulte agradable…Pero usted rece. Recele a Dios…Igual ahora si ocurre el milagro.-

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