La Fabrica de Relatos: La Infancia de la Tierra ha Finalizado, por Carlos Sisi

Buenas noches, queridos Lectores Ausentes.
A pesar de la hora que es, me apetecia colgar una nueva entrada en el blog para empezar bien la semana.
¿ Y que mejor manera de despedir al lunes que con un buen relato de Ciencia Ficcion?

En esta ocasion, La Fabrica de Relatos nos trae algo especial: Nada mas y nada menos que un relato original de nuestro amigo Carlos Sisi, autor de esa pedazo novela de terror titulada “Los Caminantes”, que esta arrasando en el mercado editorial y que va camino de convertirse en una obra de culto.

El bueno de Carlos tuvo el detallazo de participar en la cuarta edicion de “La Fabrica” con esta genial historia que estoy seguro va a entusiasmaros. Tras comentarle mi intencion de colgarla aqui, no solo ha accedido, si no que lo ha hecho encantado.
Ante semejante muestra de amabilidad , solo me queda darle las gracias.

En fin, amigos mios. No lo postergamos mas… Con todos ustedes, este genial relato del maestro. Disfrutadlo.

-La Infancia de la Tierra ha Finalizado-

– La infancia de la Tierra ha finalizado. – Dijo el Director, impertérrito. Su único ojo estaba fijo en la enorme pantalla que cubría el frontal de la nave en la que se encontraba.
– ¿Es eso a lo que se refería, Director?. – Preguntó el ayudante. Agitaba su apéndice principal delante del teclado luminoso en el que registraba todo lo que iba pasando.
– Eso es, precisamente. ¿Lo ve ahí?

El ayudante miró la pantalla, y sí, naturalmente que lo veía: una diminuta nave espacial de aspecto rudimentario dotada de una especie de patas y recubierta de alguna suerte de malla metálica, pero irregular, ya que despedía destellos aleatorios en sus múltiples caras. Avanzaba con dificultad por el espacio profundo, propulsada aparentemente por un pequeño chorro de energía que se conectaba y desconectaba a intervalos regulares. Lo básico del principio de movimiento le provocó un brote de hilaridad que tuvo mucho cuidado de ocultar rápidamente.

– En efecto, señor. – se aventuró a decir al fin.
– Es el fin de la infancia, como decía. Tras largos años de dolorosa evolución, la raza humana abandona su hogar por primera vez y se aventura en el espacio. – El Director parecía pensativo. Era bastante más anciano que el ayudante y sus apéndices sensoriales cimbreaban pesadamente tras de sí.
– Pero… ¿esa nave es la amenaza? – Preguntó el ayudante. Pronunciaba “la amenaza” con gravedad, como si se tratase de la amenaza por excelencia.

– Esa nave es sólo la primera – dijo con un elegante cloqueo – Apenas nada, pero un indicio para quien sabe ver. Mejorarán su tecnología… en unos ciclos serán más seguras, más grandes, más robustas… más rápidas. Hoy alunizarán en ese asteroide suyo… un gran paso para ellos, sin duda; lo celebrarán durante mucho tiempo. Pero después querrán llegar más lejos. Enviarán pequeñas sondas robot y naves no tripuladas; pero acabarán poniendo el pie en todos los planetas de su Vía Láctea. Empezarán a colonizar… y para entonces, ya será demasiado tarde. Socavarán planetas hermosos con sus túneles fríos y llenarán el espacio de gigantescas estaciones mineras. Habrá guerras entre las mega-corporaciones que ellos mismos erigen, comunidades gigantes que se obcecarán en guerras sin sentido que durarán ciclos enteros, y todo por el control de unos cuantos sistemas. Lo consumirán todo.-

Mientras escuchaba, el ayudante observaba la evolución de la pequeña nave en la pantalla. Estaba apenas a cincuenta metros de donde se encontraban pero no parecía reparar en su presencia.

– ¿No pueden detectarnos, señor?-
-El Hombre, en su infinita egolatría, ha desestimado completamente que el espacio que le rodea no esté vacío. – Espetó el Director. – Se consideran el alfa y la omega, principio y fin, quintaesencia de la evolución. Por lo tanto su vehículo no está dotado de medidas de detección de tipo alguno. – Esto último lo dijo con una regurgitación acuosa que el ayudante interpretó como desdén.

– ¿Y cómo vamos a impedirles que hagan todo eso, señor?-
-Como la mayoría de las moléculas complejas detectadas en el medio interestelar, el ser humano está basado en la química del carbono y por lo tanto es extremadamente sensible a ciertas agresiones químicas. Llegado el momento, rociaremos el planeta entero. – Levantó uno de los apéndices más oscuros con un gesto amenazante.

– ¿Y morirán todos?-
-Todos no. Salvaremos unos cuantos para que la vida pueda iniciarse de nuevo. Los devolvemos a sus orígenes: a las cuevas, sin conocimientos tecnológicos, a los albores de su civilización.-

El ayudante hizo girar su ojo en todas direcciones; era un impulso nervioso al que acostumbraba a entregarse cuando pensaba.

– Pero señor… – dijo tímidamente con un tono sibilante – ¿por qué dejarles empezar de nuevo?, ¿por qué no eliminarles completa y definitivamente?-
-Por debilidad, me temo. – Contestó el Director, observando cómo la pequeña nave tripulada acortaba trabajosamente la distancia a la luna.
– El ser humano es capaz de actos de creación que nuestra raza, con sus trillones de años de evolución, pináculo de sabiduría y civilización ejemplar, no ha sabido emular. Son seres extraños, capaces de las más atroces aberraciones contra sí mismos, y al mismo tiempo de una creatividad esencial en la que son pródigos. Cuando alcances el rango suficiente podrás descubrir su… música… – dijo, modulando la voz de forma que parecía una pequeña cascada. Permaneció así, ensimismado, unos breves instantes hasta que agitó su cuerpo como una gelatina gigante y siguió desgranando tonos con modulación normal. – Nuestros sabios estudian su legado con la esperanza de, un día, descubrir el secreto de semejante creatividad y poder emularles.-

El ayudante encontraba todo eso fascinante. Accionaba el teclado luminoso para registrar toda la conversación con el Director y transmitir a su casta todo lo que había aprendido ese día. Era una información esencial sobre la que tendrían que discutir durante largos periodos.

– Entonces… ¿cuándo los…? – Preguntó al fin, sin convencerse de terminar la frase.-
-¿Los reseteamos?-
-Sí.-
-Dentro de pocos ciclos, ya. Antes de que consigan poner el pie en otro planeta más.

– Pero señor… – se atrevió el ayudante al fin, como librándose de un nudo que tenía en el conducto de deglución principal. – ¿cómo puede saber lo que van a hacer? A lo mejor no consiguen llegar a otros planetas. Quizá no prosperen tanto. Es posible que no hagan prospecciones mineras en los planetas de esta galaxia…-
-No lo entiendes… – dijo el Director emitiendo un sonido que bien podría ser un suspiro. – Esta es la onceava vez que los reseteamos… ¡y siempre acaban volviendo al mismo punto!-

Fin.

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